Caminé en silencio por el templo y me dirigí hacia Yueba, que me miraba sonriente, aunque yo ya sabía lo que me iba a decir, pues ya había pasado por lo mismo como Neky. Pero como si no la conociera de nada, me acerqué, le pedí agua explicando que venía de parte de Desperta, y esperé su respuesta observando a las tres ninfas que tanto disfrutaban bañándose a todas horas en una especie de pila de piedra que allí se encontraba.
Pensaba que me diría que necesitaba que le hiciera un favor, pero que para pedírmelo, yo tendría que saber un poco más de aquella zona; sin embargo, supongo que por la extrema palidez de mi cara, no fue así. Me dijo que se acababa de quedar sin agua, pero que si conseguía un poco y se la llevaba, me daría algo mejor para recuperar mi vitalidad.
Yo bien sabía lo que iba a darme, y sabía que me interesaba ya que, efectivamente, repondría mi vitalidad por completo. Ahora sólo necesitaba hallar un pozo, ya que en aquella "isla voladora" no había otra forma de conseguir agua sin pasar por el lago, que no estaba precisamente cerca.
¡Gracias al dios Zurcarák que me sabía el camino hasta el pozo más cercano! ¿O gracias a Aniripsa? Lo cierto es que no sabía qué pensar, pero preferí esperar a estar más relajado si iba a empezar a exprimirme el cerebro en busca de respuestas que quizá no podría hallar. Así que me encaminé hacia la taberna de Panzudo, la única de toda la zona, que además dispone de un pozo situado justo al lado de esta.
Me crucé por el camino con un montón de personas conocidas, que esperaban a que les dirigiese la palabra para pedirme favores o encomendarme alguna misión.a cambio de recibir una recompensa por cumplirla. Y me hubiese encantado encontrarme en el estado adecuado para poder pedirle una llave de la mazmorra de Incarnam al rasta que suele encontrarse en el lago. ¿Cómo se llamaba? ¡Ah, sí! Bunito Yabero.
Pero el caso es que me sentía como un zombi, andando sin apenas fijarme en que estaba atravesando un matojo de lino.
Una vez alcancé la taberna, tomé agua del pozo y bebí un poco, pero reservé la mayor parte de ella para Yueba. Y, ya un poco más consciente de lo que hacía y sentía, volví andando al gran Templo Celeste, aunque también a paso lento.
Cuando llegué al templo, entré todo lo apresuradamente que pude y le di a Yueba el agua que había recogido. Ella la vertió en la fuente de sus ninfitas y me pidió que, una vez impregnada de la esencia de estas pequeñas hadas, bebiera de ella. Y así lo hice.
Automáticamente recuperé mi vitalidad habitual, pero a cambio perdí aún más la cabeza.
Era la primera vez que veía mi reflejo desde que estaba dentro de aquel cuerpo...
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