Siendo tan sólo un novato en el Mundo de los Doce, descubrí que mientras dormía era capaz de proyectar mi alma fuera de mi cuerpo, y así separarme de él, permitiéndome esto realizar viajes astrales sin que pudiera ser visto por nadie, ni tan siquiera los espíritus. Hoy por hoy lo domino a la perfección.
Me siento tan cerca de los Dioses cuando floto entre las nubes y sobrevuelo las montañas...
¿Sabéis? Alguna vez me perdí y tardé semanas en volver a encontrar mi cuerpo, pero una vez hube comprendido cómo controlarlo, aprendí a viajar de forma astral a placer. A esta "forma" de mí, la llamé forma astral, o simplemente, alma.
Con el paso del tiempo fui experimentando y tratando de colarme en otros cuerpos, pero nunca lo conseguía. Hasta lo intenté mientras dormían con la idea de que, quizá entrando en un cuerpo postrado en el mismo estado en el que yo podía salir del mío, podría acceder a él. Pero nada, toda táctica era inútil.
Por suerte, a pesar de tantos esfuerzos, cuando volvía a mi cuerpo no estaba más lejos de sentirme agotado, justo todo lo contrario, me sentía relajado y descansado.
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Un curioso día decidí volver al primer lugar que visitas como aventurero. Esa misma noche, tras salir de mi cuerpo, decidí levitar todo lo alto que pude, intentando alcanzar Ingloriom, el mismísimo plano de los dioses (suponiendo que allí coexistiesen). Sin embargo, cuanto más me elevaba más me daba la sensación de estar acercándome al suelo. De modo que una vez aburrido de "subir", puesto que no me cansaba, volví a bajar para sobrevolar el lugar; la antesala del Mundo de los Doce, aquello que conocemos como Incarnam.
Aterricé levitando por el este y, explorando de nuevo aquella región, vi una luz cegadora en forma de columna azulada justo en la otra punta de la flotante isla, en los Picos Rocosos. Me intenté acercar volando, pero a pesar de lo rápido que me deslizaba entre un viento que no lograba frenar mi cuerpo ni lo más mínimo, la luz cesó antes de alcanzar el tejado de la taberna de Incarnam.
¡De nuevo aquella luz! Y de nuevo acudí en su búsqueda, mas volvió a desaparecer delante de mí cuando sobrevolaba el Templo Celeste. Entonces, mientras yo buscaba algo que pudiese indicar que allí había una luz y yo no me estaba volviendo loco, me deslumbró de nuevo otro fogonazo azulado, justo delante de la escultura de la diosa Feca realizada en la piedra de los Picos Rocosos.
De no se sabía dónde, aparecía el cuerpo inerte de un feca. Parecía salir del núcleo de aquella luz, mucho más claro y brillante, y justo antes de tocar el suelo, aspiraba una bocanada de aire y abría los ojos lentamente. Un instante después, la luz había vuelto a desaparecer y el feca corría en dirección a las puertas del templo. De nuevo lo mismo, aunque diez kámetros más lejos, pero esta vez era un yopuka apareciendo ante la mirada del dios Yopuka esculpido en piedra. Y otra vez, un poco más allá, pero en este caso fue un zurcarák, también bajo la figura de su dios. Algunos parecían poderosos, otros no tanto. Quizá así era como llegábamos a Incarnam los que subíamos del Mundo de los Doce. Pero, algunos parecían tan jóvenes...
Así se sucedieron varios más de las distintas clases y de diferentes colores, tanto de piel como de cabello. Yo, mientras, yacía boquiabierto, levitando cerca de donde se producían aquellas luces, que no aparecían nunca de forma simultánea. De pronto me vino una descabellada teoría a la mente y entré en estado de shock.
¡No daba crédito a lo que estaba pasando! ¿De veras se estaba creando vida delante de mí? ¿Era cierto lo que veía? ¿Así alcanzaba un alma su condición de aventurero? ¿O por el contrario, esta vez sí era un sueño? ¿Habría ingerido demasiada sopa de champi champ? ¡Pues menos mal que mi objevivo no me había avisado de sus efectos! ¡Qué pesado!
Entonces apareció de nuevo otra columna azulada en cuyo núcleo brillaba aquella luz más clara y brillante, y no sé si valeroso o quizá temerario, me lancé hacia ella para intentar tocarla...
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