miércoles, 30 de noviembre de 2011

[Génesis de un alma] Capítulo 12 - Reencuentro

CONTINUARÁ...







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Todo el contenido de la novela es propiedad creativa e intelectual de Gato, así pues se exige no difundirlo sin referencia hacia el autor y se prohíbe la apropiación de dicho contenido ya sea parcial o completo.

sábado, 29 de octubre de 2011

[Génesis de un alma] Capítulo 11 - Biodiversidad

Mientras atravesaba aquel hueco en la roca hacía recuento de la fauna y flora que en la siguiente plataforma "colgante" me encontraría.
En aquella sala hay seis monstruos. Lo recuerdo bien, van en orden: en la tercera sala hay siete. Y si no recuerdo mal, los que en la segunda sala solían juntarse eran unos pequeños ejemplares de tofu, jalató y girasol salvaje, además de una frágil rosa demoníaca, un diente de león diabólico asustado y un cangrejo imprudente...




CONTINUARÁ...







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martes, 4 de octubre de 2011

[Génesis de un alma] Capítulo 10 - Evasión

Ya había entrado, ya no había retorno posible. Y aunque no me asustaba el hecho de toparme con varios monstruos e insectos debiluchos que tendría que vencer para pasar a la siguiente recámara, me estremecía la sola y simple idea de pensar que podrían antes dar ellos conmigo y atacarme en alguna esquina de aquel "subterráneo", provocando mi caída al vacío. Por en medio, una columna de piedra que unía la plataforma usada a modo de suelo con el resto de la isla flotante; a ambos lados de la plataforma, aire, nada más. Al otro lado de la sala una cavidad en la rocosa pared que daba paso a la siguiente sala.

Todo sería mucho más fácil de lo que esperaba, allí estaban las cinco criaturas contra las que me iba a enfrentar: un moskito miedoso, una larva azul y una arakna, ambas inmaduras, y un champi champ vulnerable.
Me detuve a contar: uno... dos... tres... cuatro... ...¡Mierda!

Justo mientras me giraba unos 120 grados hacia la izquierda (sentido levógiro) buscando a la que faltaba, el desapercibido tofu saltaba con fuerza hacia mí. Yo me agaché hacia atrás, cual jugador del "limbo", para evitarlo a tiempo, pero el tofu me arañó la oreja izquierda con el pico mientras intentaba frenar la inercia de su cuerpo ante una fuerte ráfaga de viento que se desató en el sentido de su vuelo. Incapaz de decelerar siquiera su empuje, e intentando aferrarse al borde de la plataforma, cayó. Cayó y desapareció entre las nubes ante mi atónita mirada. No me creía la suerte que tenía, aunque...
"¡Ay!" ...la oreja me escocía.

Lo cierto es que eso es lo único digno de recalcar. Un anécdota quizá trascendental, quizá no tanto, pero que yo recuerdo como el principio del descubrimiento de otra de mis extravagantes "habilidades".
Después, simplemente utilicé una Palabra Curativa para detener esa sensación que cubría el lado izquierdo de mi cara, y fui derrotando a todos aquellos insectos, y "no tan insectos", de uno en uno hasta que no quedó ninguno en pie.

Así accedí a la siguiente sala...







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viernes, 9 de septiembre de 2011

[Génesis de un alma] Capítulo 9 - Cuatro

Allí estaba, completamente al este de la isla. Era la mazmorra de Incarnam, el antro de un archiconocido monstruo: el minilubo albino. Una caverna "subterránea" en una isla flotante, es el colmo de los colmos. Te asuste lo que te asuste vas a acabar aterrado en una esquina, ya sea por vértigo o por claustrofobia.

Justo a las puertas de la mazmorra estaba Ma'ster Donge, como de costumbre. Es un ocra de pelo violeta y vestimenta verde radiactivo y rojo chillón que advierte a todos los aventureros del riesgo que corren al cruzar las rejas que mantienen al minilubo albino internado en aquel lugar.
La reja en cuestión sólo se puede abrir presionando una baldosa con un mecanismo de engranajes que permiten que esta se abra. Está situada en frente de la entrada pero con espacio suficiente como para poder abrir la puerta sin riesgo de que una zarpa aparezca de dentro del antro y te desmonte en cubitos de aventurero.

En ocasiones me pregunto si alguien moriría por una traición similar. Está claro que si alguien entraba en la mazmorra sólo optaba a dos finales posibles si no quería ser devorado por la bestia; o terminaba con la vida del montruo o necesitaba de alguien que lo sacase activando el mecanismo desde fuera.

Como de costumbre, Ma'ster me preguntó si sabía qué me esperaba dentro de la cueva. Y como de costumbre le respondí que allí me esperaban aventuras y riquezas. Él dice que siempre le contestan todos lo mismo. ¿Pero qué espera? ¿Acaso prefiere un "Oh, Dios mío, Dios mío, vamos a morir..."?

Ma'ster quiso proponerme una misión, si lograba alcanzar la otra salida de la cueva, venciendo al minilubo albino que la protegía, me daría una recompensa.
Así que, sin pensármelo mucho le di la llave correspondiente, me posicioné sobre la baldosa en cuestión y, mientras se abrían las rejas, corrí adentro del pasadizo intentando recordar cuantas salas tenía la mazmorra de Incarnam.

"Una, dos... Sí, cuatro, tiene cuatro. Creo. Lo que significa que cuatro salas son las que me separan ahora mismo de mi vida..."







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miércoles, 17 de agosto de 2011

[Génesis de un alma] Capítulo 8 - Pasividad

Allí estaba yo, Batsuty, sentado en una de las mesas de la taberna de Incarnam, disfrutando de un momento de respiro con una "cerveza" en la mano. Bueno, en realidad aquello que denominan "cerveza de Incarnam" no es mucho más que limonada, ya que en la taberna del archipiélago flotante no disponen de nada alcohólico desde que la diosa Pandawa acudió allí y se bebió el alcohol que albergaría esta durante mil años.
Desde luego, la camarera de Panzudo era extremadamente hermosa, aunque con ese toque particular que tienen las mujeres que suelen llevar una vida atrevida fuera de cualquier rutina.

☼☼☼

En cuanto me terminé la cerveza salí a la puerta de la taberna para hablar con el contramaestre Ikul. Estaba dispuesto a aprender el arte de la pesca.
Él me pregunto si podía hacer algo por mí. Y yo, que ya sabía que él enseñaba los rudimentos de varios oficios, le expliqué que tenía la impresión de ser un pescador nato. Ikul vio la paciencia en mi actitud y me explicó que era un buen oficio para poder sustentarse y relajarse al mismo tiempo; y tras unos consejos, me dio una caña y me dijo que ya debería de estar preparado para ejercer aquello que tanto deseaba: la pesca.

Una vez aprendidos los entresijos básicos de la pesca, me despedí de Ikul y me acerqué de nuevo al lago de Incarnam. Para ser más preciso me situé en el medio del lago, en esa mejana a la que se accede por los diversos puentes de madera que la unen con la orilla del lago.

☼☼☼

Allí no picaba nada y ya empezaba a agobiarme. Llevaba alrededor de 3 horas para un maldito pescado, y ni siquiera habían picado. Tenía la sensación de que si entrase en el lago a base de Palabras Hirientes iba a tener más éxito que esperando en la orilla de la isleta con la mirada fija en la caña.
Yo tenía mucha paciencia, pero... ¡Aquello no era paciencia! ¡Aquello era pasividad! ¡Una pasividad idiota que me hacía dudar constantemente si yo era paciente o acaso estúpido!
A lo peor sería un paciente estúpido...

Y, de pronto, el hilo comenzó a deslizarse lentamente hacia dentro del lago. ¡Habían picado!
No era muy grande, pero no me importaba demasiado. Era la primera vez que pescaba y había pescado un gobio, ya era algo.

Las siguientes 2 horas conseguí pescar varios gobios más que luego limpié y destripé junto al primero en el taller de oficios de Incarnam, que está en el mismo edificio que la taberna, pero al que se accede por otra puerta, situada a la izquierda de la entrada de la taberna.
Tras eso, ya despuntando el alba, se me ocurrió hacerle un favor a Panzudo e ir a su sótano privado para matar una de aquellas miliratas enfermas de las alcantarillas que parecen estar hospedadas allí de por vida.
No me supuso mucho trabajo acabar con ella, pero ya empezaba a echar de menos mi cuerpo de zurcarák, así que pensé que sería una buena idea ir a la mazmorra de Incarnam para vencer en combate al minilubo albino que allí habitaba, y después volvería a mi cuerpo como Neky...







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martes, 2 de agosto de 2011

[Génesis de un alma] Capítulo 7 - Reexploración

Por fin había llegado al lago. Más exactamente, a la orilla norte de este. Allí es donde suele descansar Bunito Yabero.

Una vez a su lado, y exactamente como yo ya esperaba, me ofreció un combate contra el padre de su mascota, y me dijo que si le ganaba me recompensaría con una llave que abriría la mazmorra de un monstruo conocido como minilubo albino (la mazmorra de Incarnam).
Por supuesto, acepté el desafío, para eso había ido hasta allí, ¿no?

Entonces apareció otro aventurero aniripsa por allí, y cuyo nombre no recuerdo, que también pretendía conseguir la recompensa que Bunito Yabero ofrecía. De modo que decidimos enfrentarnos juntos a aquel pequeño jefe de guerra jalató para conseguir, más fácilmente, dos llaves de aquella mazmorra que yo tanto conocía; pues ya había derrotado en infinidad de ocasiones a aquel minilubo albino siendo Neky.

Me sentía más fuerte que en mi anterior combate, incluso sentía nuevas habilidades desatarse dentro de mi mente de la misma forma tan repentina en que habían aparecido las tres anteriores, o la mayoría de las nuevas que aprendía como zurcarák, en mi cuerpo de Neky.
Dejé que el otro aniripsa empezase lanzando una Palabra Prohibida sobre aquel joven jefe de guerra jalató, que nos miraba de forma desafiante esperando a que nosotros comenzásemos el combate. Acto seguido desencadené una de mis habilidades nuevas, que al resultarme su movimiento de manos tan sencillo de ejecutar, lancé dos veces seguidas: "-¡Palabra Hiriente!"
Aquella habilidad era práctica, pero seguramente no tan eficaz como la Palabra Prohibida. Aunque me hizo gracia ver como aquella criatura era agitada por el aire y trozos de su lana caían al suelo cortados.
El aniripsa quedó tan fascinado de aquella habilidosa muestra de potencial que no se percató de que nuestro enemigo se le echaba encima mordiéndole, lo cual le produjo unas heridas tan importantes que, ni tras una Palabra Curativa suya pudo subsanarlas. Fue entonces cuando decidí mostrar mi otra nueva habilidad, que tanto se parecía a una de las antiguas: "-¡Palabra Sanadora!"
Aquel hechizo permitió que el aniripsa se repusiera suficientemente para que, justo después de que el pequeño jefe de guerra jalató me mordiese, pudieramos debilitarlo entre los dos hasta que Bunito Yabero diese el combate por zanjado tras caer el pequeño monstruo exhausto al suelo.

Como yo presuponía, Bunito Yabero nos dijo que sabía que ganaríamos y nos dio una llave a cada uno. Por cierto, sacándolas de un inmenso llavero con tantas llaves iguales que parecía ser un conserje o un manitas. Cosa bastante probable, ya que son los manitas y no otros los que se dedican a hacer las llaves.
Después de eso, aquel aventurero y yo nos separamos y tomamos distintos caminos: él se fue hacia la mazmorra de Incarnam, y yo me encaminaría en dirección norte, a la taberna. Pero primero preferí recuperarme un poco mientras miraba atentamente aquel lago casi cristalino. Aunque, bien pensado, antes de descansar en la taberna me pasaría por el cementerio de Incarnam para entrenarme un poco, machacando esa especie de esqueletos que se montaban solos cada dos por tres, los chafers prepubertos.

Tras llegar al cementerio, situado ligeramente al sur del lago, y haber estado combatiendo un rato contra esos chafers prepubertos, había adquirido una nueva técnica que me permitía pensar con mayor fluidez y actuar más rápido: la Palabra Estimulante. Era hora, esta vez sí, de ponerme en camino hacia la taberna.

☼☼☼

Durante el tiempo que hube estado descansando en el lago de Incarnam me di cuenta de que prácticamente me había acostumbrado ya a ser Batsuty, pero sin olvidar que era Neky. Lo cual me había llevado a alcanzar un nivel de armonía más alto del que yo jamás había tenido como Neky. Y, mirando el sosegado lago, pensé que no habría trabajo más adecuado para tal grado de paciencia que el de pescador. Así que decidí que tras ir a la taberna y tomarme una buena "cerveza" acudiría al contramaestre Ikul, que por allí deambula, para que me enseñase los entresijos de tal oficio. Y así pues, hacia allí me dirigía ahora, hacia la taberna...







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lunes, 25 de julio de 2011

[Génesis de un alma] Capítulo 6 - Habilidades

En cuanto llegase al lago sabía que era lo próximo que quería hacer. ¡Conseguir una llave para la mazmorra de Incarnam!
No me perdería la experiencia de volver a enfrentarme al guardián de la mazmorra ni aunque lo hubiese derrotado cientos de veces. ¡Y menos con un cuerpo y habilidades nuevas! Así que me encaminé directamente a la persona que me podría dar una llave de aquella cueva: Bunito Yabero.


De camino al lago aproveché para entrenarme contra la fauna de la isla. ¿Pero cuales serían mis nuevas habilidades?
Mientras me lo preguntaba pasé cerca de un joven jalatín blanco y, al parecer, pisé parte del matojo que estaba engullendo con énfasis, porque frunció el ceño y me miró con una cara extraña. Yo, sin percatarme de lo que sucedería a continuación, seguí mi camino, sin darle mucha importancia.
Pero, a pesar de que los jalatós tienen fama de ser muy pasivos y tranquilos, esta cría parecía haber enfurecido al haberle privado de parte de su placentera cena. Desde luego, no por nada se llaman jalatós...

Entonces fue cuando oí aquel ruido de pequeñas pisadas corriendo desesperadamente hacia mí, y cuando me volví, el jalatín ya estaba saltando hacia mi cintura. Pero de pronto, y de modo espontáneo, hice un movimiento con mis manos y murmuré algo que produjo que el jalatín saliera rechazado por los aires como un kámetro más allá de donde yo me hallaba.
¿Así que era esa una de mis nuevas habilidades? Y no sólo eso, sino que sabía cómo se llamaba perfectamente. Lo que yo había murmurado era: "-Palabra de Pavor..."

Todo el mundo sabe que una persona aprende tres habilidades (o hechizos) propios de su raza antes de convertirse en aventurero y subir a Incarnam, o al menos eso recuerdan todos. Sin embargo yo no recordaba nada de antes del fogonazo azul, al menos nada que hubiese vivido con aquel cuerpo.
Pero, a pesar de todo ese desconcierto, al que poco a poco me estaba acostumbrando, tenía otras dos ideas claras en mente, como si ya las tuviese de antes, algo instintivo.

Dejando a un lado estos pensamientos, que pasaron muy rápido por mi mente, levanté la vista de nuevo y allí estaba aquel joven jalatín acicalándose repentinamente su blancuzca lana mientras se levantaba, preparado para intentar atacarme de nuevo.
Entonces lo dije, alto y claro, mientras agitaba mis manos de otra forma distinta: "-¡Palabra Prohibida!"
El jalatín cayó malherido, hasta que cerró los ojos.

Sí, a mí también me daba un poco de pena. ¡Pero qué narices, venía dispuesto a matarme!

Y aunque aquel joven jalatín blanco no me hubiera supuesto una amenaza, me hubiera preocupado igualmente aquel rebaño de jóvenes jalatines, tanto negros como blancos, que tras ver el cuerpo sin vida de su compañero, venían a por mí.
Menos mal que tenía un as guardado en la manga. Aunque tampoco me agradaba mucho la idea de tener que necesitarlo.

Mientras venían a por mí empecé a lanzar Palabras Prohibidas hacia aquellos que estaban más cerca, ya que no estaba seguro de poder alcanzar al resto, pero eran demasiados. Conforme sentía que chamuscaba la lana de dos jovenes jalatines blancos con mis hechizos, uno negro me lanzaba su saliva, que como todos saben es un sutil paralizante. Los dos blancos cayeron, pero el negro se acercaba a suficiente velocidad como para alcanzarme ahora que yo andaba un poco más despacio. Iba precediendo a otros dos, uno blanco y otro negro, que lo seguían al mismo ritmo. Le lancé una Palabra de Pavor al negro que iba en cabeza justo antes de que los otros dos se me echaran encima, pero no podía esquivarlos a todos. Mientras el blanco me lanzaba su saliva (que como bien sabemos, es un tranquilizante de leve efecto), el joven jalatín negro me mordía sin compasión a la altura del antebrazo, y el negro que yo acababa de empujar volvía a la carga, también mordiéndome a la altura de la rodilla.
Sabía desde el principio que aquella situación sería inevitable, así que lancé mi tercer y nuevo hechizo, como tenía planeado desde un principio, antes de poder ser desgarrado por aquellos pequeños dientes: "-¡Palabra Curativa!"
Pronto asusté a aquellas criaturas, que retrocedieron al verme levantarme en buen estado. Cosa que yo aproveché para lanzar dos Palabras Prohibidas a los más cercanos, una Palabra de Pavor al más rezagado, que de nuevo se encontraba ya cerca de mí, y una última Palabra Prohibida al que acababa de lanzar hacia atrás; acabando así con todos.

Me di cuenta de que mi último hechizo había quemado parcialmente el pelaje de aquel pequeño animal, lo que significaba que mi hechizo ahora era ligeramente más potente. Tendría que aprender a manejarlos bien...

☼☼☼

Aproveché para recoger algunos trasquilones de lana que se hallaban por el suelo y algunos trozos del cuero que aquellos animales habían perdido durante la batalla. Después lancé otra de mis Palabras Curativas y me dirigí hacia el lago, que ya no se encontraba muy lejos...







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